Transformando una receta... De hamburguesa
El estilo de vida que cada uno de nosotros llevamos cada día condiciona gran parte de nuestras acciones. La alimentación no es ajena a estas decisiones. En una sociedad en la que el tiempo es uno de los recursos más valorados, tanto en las empresas (que por algo te pagan, por tu trabajo y el tiempo que inviertes en realizarlo) como por cada uno de nosotros en nuestro quehacer cotidiano (todos buscamos tener un tiempo de ocio de calidad que poder dedicar a nuestra familia, amigos o aficiones), buscamos de forma incansable la manera de disponer de este preciado bien.
Si repasamos todo lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, sin duda veremos que hemos desperdiciado parte de esos 1440 minutos con los que cada día hemos llenado nuestra hucha. Hay incluso quienes creen que dormir es perder el tiempo, como si el cuerpo no lo necesitase.
A mi, particularmente, me molesta el tiempo poco útil del afeitado diario (un convencionalismo, al fin y al cabo), el rato esperando al ascensor, al autobús, o a que me toque el turno en el médico o en la fila del súper, o hasta en un semáforo esperando a que se ponga verde para cruzar, por no hablar de cuando circulas en coche y pillas un atasco; o el gastado en una conversación intrascendente y que no te importa lo más mínimo con un vecino pelmazo.
Y hay quien considera que cocinar (y comer) también es perder el tiempo. Yo, afortunadamente, no soy de esos, me parece tiempo bien invertido; y lo único que lamento es, precisamente, lo contrario, no disponer de más para cocinar mejor los alimentos. Frente al fast-food, hay que reivindicar el slow-food y el slow-cooking (tampoco es cuestión de hacer un cocido de esos que costaban 10 horas), incluso una buena sobremesa para asentar lo comido. Con imaginación y un ratito, se pueden conseguir auténticas maravillas en la cocina, tanto en términos de innovación como de sabor, y sobre todo, de alimentación saludable.
Para muestra, un botón. Cojamos una receta cualquiera, de estas rápidas que todos hacemos de vez en cuando (más a menudo de lo que deberíamos, creo), como una hamburguesa. Lo típico, pan de molde, una hamburguesa de vacuno, bacon, queso, tomate... Y para acompañar, qué mejor que unas patatitas fritas y un refresco de cola (light, por supuesto). Una receta de esas de 4,90 € en alguna cadena de hamburgueserías... Algo así:
Si miramos la composición nutricional de un menú así, según aparece en la propia página web de la empresa (sí, esa que estás pensando, la de la M grande amarilla), nos encontramos lo siguiente (he elegido la hamburguesa denominada McRoyal Deluxe):
El porcentaje informa la proporción de la ingesta diaria de referencia de un adulto promedio, según se indica en la propia web (enlace, pinchar sobre cada producto).
A esto le tendremos que añadir el refresco (que bueno, no deja de ser agua de color, porque al menos en teoría lleva 0 de todo lo anterior), las patatas y el postre (se me ha puesto morro, quiero un heladito de esos con tropezones, un McFlurry con M&M's, que así meto frutos secos en la dieta), con lo que nos queda:
¿Podemos cambiar este menú por otro similar, pero más saludable? Seguro, con un poco de imaginación.
Por ejemplo, se podría cambiar la hamburguesa de carne por otra de pescado, pongamos salmón, al que añadiríamos sal, pimienta y alguna hierba aromática como tomillo o eneldo, una clara de huevo y queso de tipo ricota, para triturar todo junto y, con ayuda de un molde, hacer la forma de hamburguesa.
Tras cocinarla brevemente en una sartén, con un poco de aceite de oliva, montaríamos la hamburguesa con un panecillo de pan de centeno; se puede aderezar con un poco de verde (lechuga, canónigos...) y una rodaja de tomate, para hacerla más jugosa.
Como acompañamiento, sustituimos las patatas fritas por un cuenco de arroz basmati y quinoa, con unas nueces picadas, y unas verduritas a la plancha (zanahoria, calabacín, setas...), aprovechando el aceite sobrante del pescado.
Por último, el helado lo cambiamos por un yogur natural desnatado, que verteremos en un tazón y al que, para darle un toque dulce, añadiremos fruta troceada al gusto (fresa, plátano, kiwi... según la época).
Ah, y se me olvidaba, para pasar el trago, aunque el refresco aparentemente sea inocuo, yo siempre me decanto por un buen vaso de agua. Et voilá...
En la siguiente infografía podemos comparar las dos recetas.
Si repasamos todo lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, sin duda veremos que hemos desperdiciado parte de esos 1440 minutos con los que cada día hemos llenado nuestra hucha. Hay incluso quienes creen que dormir es perder el tiempo, como si el cuerpo no lo necesitase.
A mi, particularmente, me molesta el tiempo poco útil del afeitado diario (un convencionalismo, al fin y al cabo), el rato esperando al ascensor, al autobús, o a que me toque el turno en el médico o en la fila del súper, o hasta en un semáforo esperando a que se ponga verde para cruzar, por no hablar de cuando circulas en coche y pillas un atasco; o el gastado en una conversación intrascendente y que no te importa lo más mínimo con un vecino pelmazo.
Y hay quien considera que cocinar (y comer) también es perder el tiempo. Yo, afortunadamente, no soy de esos, me parece tiempo bien invertido; y lo único que lamento es, precisamente, lo contrario, no disponer de más para cocinar mejor los alimentos. Frente al fast-food, hay que reivindicar el slow-food y el slow-cooking (tampoco es cuestión de hacer un cocido de esos que costaban 10 horas), incluso una buena sobremesa para asentar lo comido. Con imaginación y un ratito, se pueden conseguir auténticas maravillas en la cocina, tanto en términos de innovación como de sabor, y sobre todo, de alimentación saludable.
Para muestra, un botón. Cojamos una receta cualquiera, de estas rápidas que todos hacemos de vez en cuando (más a menudo de lo que deberíamos, creo), como una hamburguesa. Lo típico, pan de molde, una hamburguesa de vacuno, bacon, queso, tomate... Y para acompañar, qué mejor que unas patatitas fritas y un refresco de cola (light, por supuesto). Una receta de esas de 4,90 € en alguna cadena de hamburgueserías... Algo así:
![]() |
| Fuente: www.mcdonalds.es |
- Aporte de energía: 2211 kJ (528 kcal) - 26%Grasa: 30 g - 43%
- Ácidos grasos saturados: 12 g - 60%
- Hidratos de carbono: 33g - 13%
- Azúcares: 7g - 8%
- Sal: 2g - 33%
- Fibra: 7 g
- Proteina: 29 g - 58%
El porcentaje informa la proporción de la ingesta diaria de referencia de un adulto promedio, según se indica en la propia web (enlace, pinchar sobre cada producto).
A esto le tendremos que añadir el refresco (que bueno, no deja de ser agua de color, porque al menos en teoría lleva 0 de todo lo anterior), las patatas y el postre (se me ha puesto morro, quiero un heladito de esos con tropezones, un McFlurry con M&M's, que así meto frutos secos en la dieta), con lo que nos queda:
- Aporte de energía: 2211 + 0 + 1428 + 1725 = 5364 kJ (528 + 0 + 341 + 412 = 1281 kcal) - 64%
- Grasa: 30 + 0 + 17 + 14 = 61 g - 87%
- Ácidos grasos saturados: 12 + 0 + 2 + 9 = 23 g - 113%
- Hidratos de carbono: 33 + 0 + 42 + 63 = 138 g - 53%
- Azúcares: 7 + 0 + 0 + 57 = 64 g - 71%
- Sal: 2 + 0 + 1 + 1 = 4 g - 58%
- Fibra: 7 + 0 + 0 + 57 = 64 g
- Proteina: 29 + 0 + 4 + 8 = 41 g - 82%
¿Podemos cambiar este menú por otro similar, pero más saludable? Seguro, con un poco de imaginación.
Por ejemplo, se podría cambiar la hamburguesa de carne por otra de pescado, pongamos salmón, al que añadiríamos sal, pimienta y alguna hierba aromática como tomillo o eneldo, una clara de huevo y queso de tipo ricota, para triturar todo junto y, con ayuda de un molde, hacer la forma de hamburguesa.
Tras cocinarla brevemente en una sartén, con un poco de aceite de oliva, montaríamos la hamburguesa con un panecillo de pan de centeno; se puede aderezar con un poco de verde (lechuga, canónigos...) y una rodaja de tomate, para hacerla más jugosa.
Como acompañamiento, sustituimos las patatas fritas por un cuenco de arroz basmati y quinoa, con unas nueces picadas, y unas verduritas a la plancha (zanahoria, calabacín, setas...), aprovechando el aceite sobrante del pescado.
Por último, el helado lo cambiamos por un yogur natural desnatado, que verteremos en un tazón y al que, para darle un toque dulce, añadiremos fruta troceada al gusto (fresa, plátano, kiwi... según la época).
Ah, y se me olvidaba, para pasar el trago, aunque el refresco aparentemente sea inocuo, yo siempre me decanto por un buen vaso de agua. Et voilá...
| Fuente: www.velocidadcuchara.com |
En la siguiente infografía podemos comparar las dos recetas.

Comentarios
Publicar un comentario